Ver la llamada internacional solidaria aqui
En Francia había un servicio público de enseñanza superior e investigación independiente y de calidad, que disfrutaba de libertad y reconocimiento. En pocos meses el gobierno ha decidido, de manera abrupta y sin concierto alguno, echarlo por tierra y transformarlo en una especie de mercado del conocimiento, de la precariedad y de la arbitrariedad.
Los profesores e investigadores pierden su estatus; sus horarios dependen del “cliente”.
Los puestos fijos disminuyen de manera drástica y son substituidos por empleos temporales, aleatorios y dependientes.
Los doctorandos podrán ser despedidos sin motivo alguno durante los seis primeros meses, y serán puestos al servicio de empresas sin reconocimiento ni derechos.
Se destruye la formación de maestro.
Las universidades, convertidas en ¨autónomas¨ (es decir competidoras entre ellas y bajo un control reforzado del estado) y sin presupuesto suficiente, se verán en poco tiempo forzadas a hacer que sus estudios sean de pago y a someterse a los poderes financieros de su región.
El CNRS (organismo nacional para la investigación científica) desaparece y se convierte en una simple agencia de gestión dirigida por tecnócratas.
Se evalúa a los investigadores según criterios “cuantitativos” ineficaces que todo experto rechaza.
Nosotros, universitarios e investigadores de todos los países, reconocemos en estas medidas burocráticas, venales y peligrosas, otras similares que se han intentado y se intentan imponer, también en nuestros países.
Por ello, nos solidarizamos con la comunidad universitaria francesa. Si en el país de la Enciclopedia, de Voltaire y de Rousseau, de la Declaración de los Derechos del Hombre, la enseñanza y la investigación se reducen al comercio, y se someten a la voluntad de los poderes, es la libertad del mundo entero la que está en peligro.
Las fuerzas que imponen esta nueva situación se conciertan; para defender nuestros valores debemos unirnos mejor, y ser más numerosos que ellos. Llamamos por tanto a todos los universitarios, más allá de sus diferencias políticas, filosóficas y religiosas, para unirse frente a esta deriva generalizada que ningún sabio humanista de ninguna época jamás haya defendido.